De peón rural a tener 300.000 hectáreas en Tandil: la increíble historia de Ramón Santamarina

De peón rural a tener 300.000 hectáreas en Tandil: la increíble historia de Ramón Santamarina
No hubo disciplina vinculada al campo en la que no haya puesto su atención. Entre quienes forjaron el desarrollo agropecuario, ocupa un sitio de honor
Por Daniel Balmaceda
08.05.2021 17.45hs Actualidad

El patriarca de la familia Santamarina en la Argentina posee una biografía tan admirable como trágica. El primer gran hito de su vida fue cuando tenía ocho años. Una tarde su padre le pidió que lo acompañara a los fosos del Puerto de Arriba (en la Coruña, España). Una vez allí, le comentó ciertos pecados –incluso algunos que el niño no alcanzaba a entender– y se disparó en la sien. Fue el 3 de abril del año 1835. José Santamarina y Varela, capitán general de la Guardia de Corps de Fernando VII, marcó de por vida a su hijito con ese episodio trágico. ¿Por qué lo hizo?

Ya hacía mucho tiempo que se había descubierto el romance que don José mantenía con una señorita de la corte, hermana de una condesa, pero a pesar de que le advirtieron que terminara la relación (su propia suegra lo denunció ante sus superiores), no tomó el sermón con la severidad que correspondía y continuó siendo infiel.

Fue expulsado del ejército, se le quitaron los haberes y las jerarquías. Con una mujer y tres hijos que mantener, de repente se quedó en la calle. De a poco fue hundiéndose en un pozo depresivo y la solución que encontró al problema fue compartir su terrible resolución con el pequeño Ramón Joaquín Manuel Cesáreo Santamarina.

Apenas algunos días después de la tragedia, moría de pena la madre de Ramón, Manuela Valcarcel. Él y sus hermanos Dolores y Francisco (de estirpe noble por parte de ambos padres) aterrizaron en casa de parientes que los consideraban más estorbo que familia. De allí pasaron a un asilo.

Su llegada a Buenos Aires

A los 19 años, Ramón compró una carreta con ruedas inmensas que marcó su historia

Ramón Santamarina se hizo monaguillo y el sacerdote descubrió que el chico tenía muchísimas cualidades. Creyó que lo mejor que podría hacer por él era alejarlo de España y enviarlo a América en el barco de un capitán amigo. En 1840, con nada más que una moneda de 5 duros y trece años, desembarcó siendo nadie en la ciudad de Buenos Aires.

Se las ingenió para conseguir trabajo. Obtenía una recompensa miserable por guiar a nado las carretas de bueyes que cruzaban el Riachuelo a la altura de Barracas. También daba clases a sus humildes amigos del barrio. Sumó un modesto dinero que envió a su hermana Dolores.

Lo tomaron como empleado en el Café de las Cuatro Naciones, donde se dieron el gusto de explotarlo hasta que explotara. Cumplía tareas de lunes a lunes y tenía tres horas de descanso por día. Las otras veintiuna debía trabajarlas. Lo hizo un par de meses hasta que su físico se lo permitió. Tuvo que renunciar porque no daba más. Los primeros ocho días luego de abandonar ese trabajo los durmió por completo, salvo en el rato que se despertaba para una comida diaria.

Había llegado al país en el momento de mayor violencia durante el gobierno de Rosas y prefirió alejarse de Buenos Aires. Se trasladó al pueblo de Tandil, donde consiguió trabajo como peón en la estancia San Ciriaco, de Ramón Gómez. Se hizo hombre de campo, jinete diestro y baqueano, bolero y ayudante de carretero, pero sin mimetizarse con el entorno gaucho y sus costumbres, por una necesidad de mantenerse aferrado a su pasado.

Y, sobre todo, sin olvidar que alguna vez tuvo una posición acomodada y, sin embargo, debió comenzar de cero.

La capacidad de trabajo del gallego Santamarina, sumada a su honestidad y corrección en el trato, lo convirtieron en el joven mimado del pueblo. Luego de años al servicio de todos y de cada uno, Ramón (19 años) compró una carreta con ruedas inmensas de lapacho que marcó su historia. Cada viaje Tandil-Buenos Aires-Tandil demandaba tres meses y acarreaba peligros por los ataques de la indiada, de los gauchos rebeldes, los ladrones o las inclemencias del tiempo.

En cuanto pudo, sumó otra carreta y otra y otra. Llegó a mantener dos docenas y comenzó a forjar su fortuna. Aprovechando la existencia de ganado cimarrón, incursionó en el negocio de los cueros. Mediante convenientes compras de quintas, chacras, campos y estancias, ingresó al mundo de los terratenientes. El vecindario de Tandil se vio muy favorecido por el desarrollo del emprendedor. La primera máquina de coser y el primer piano llegaron al poblado gracias a su iniciativa.

Cuando se trasladó al pueblo de Tandil, consiguió trabajo como peón

Llegó a poseer 300.000 hectáreas en veinticinco estancias. La zona en donde se halla la Piedra Movediza de Tandil (la clásica se mantuvo en equilibrio hasta 1912) formaba parte de sus propiedades. Se casó en 1860 con Ángela Alduncin. Tuvo cuatro hijos. Enviudó en 1866. Volvió a casarse –con Ana Irasusta Alduncin, sobrina de su primera mujer– y tuvo trece hijos más. En política, fue uno de los hombres más influyentes del sur de la provincia de Buenos Aires. En la sociedad, un caballero altamente respetado. En sus campos, un patrón muy querido.

Su capacidad de incorporar nuevas actividades era ejemplar. No hubo disciplina vinculada al campo en la que no haya puesto su atención. Por eso se dice que entre quienes forjaron el desarrollo agropecuario, Santamarina ocupa un sitio de honor.

Todos para uno y uno para todos

En 1890 dio el gran paso. Conformó una sociedad con sus hijos mayores, los de su primer matrimonio: Ramón (h.) y José. Dos años después se sumaría otro de los hermanos, Enrique. El impulso de la sangre joven fue determinante para el desarrollo de la Casa que se convirtió en consignataria. Los varones demostraron los beneficios de trabajar espalda contra espalda, apoyándose en las decisiones y las ejecuciones. Todos para uno y uno para todos.

Los buenos resultados hicieron que don Ramón madurara una nueva idea. Una tarde de noviembre de 1902 convocó a todos sus hijos a la casona de la calle México, en Buenos Aires. Puso en palabras la satisfacción que le había dado ver a la familia consolidada y el orgullo que le despertaba el desempeño de sus "socios", quienes atendían toda la actividad agrícola ganadera. Dispuso establecer una nueva sociedad, incorporando a su mujer y a todos los hijos, aun los menores de edad. En su discurso subrayó la importancia de la unión familiar para llevar adelante los negocios de la consignataria. Les señaló el valor del apellido Santamarina como aval en el mundo comercial.

El 23 de agosto de 1904 por la tarde, en el escritorio de su estancia, el patriarca de los Santamarina argentinos se suicidó por motivos que han permanecido en secreto. La tradición familiar sostiene que fue por una depresión, como ocurrió con su padre. La mente brillante había perdido el esplendor y a veces se le cruzaba la errónea idea de que la fortuna familiar se había disipado. La historia se repetía: él también se disparó en la sien.

La Casa Santamarina, cimentada en los hijos y en Ana, prosiguió su camino con nuevos logros. Pero una nueva mala noticia sacudió a la firma. Ramón (h.) murió de un síncope en 1902. Fue un abogado brillante y administrador sobresaliente. Los hermanos estuvieron a la altura de las circunstancias y la firma se consolidó a través de las décadas, siempre sostenida por los herederos.

Con más de 130 años al servicio del campo, Santamarina e hijos sostiene con mano firme las riendas por el sendero del progreso.

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