Manejaba un colectivo pero un hecho fortuito le dio una idea y hoy exporta su producto al mundo

Manejaba un colectivo pero un hecho fortuito le dio una idea y hoy exporta su producto al mundo
Comenzó sin nada y, tras perderlo todo y tener que volver a reconvertirse, dio en la tecla al crear una empresa líder en soluciones antihumedad
Por Gonzalo Otálora
05.05.2021 16.33hs Actualidad

Roberto Merlino comenzó desde la nada. Fue chofer de colectivos y llegó a tener su propia flota pero perdió todo y tuvo que volver a empezar de cero. Un encuentro fortuito le dio la idea sobre la que montó su negocio: Placas San Francisco, la fábrica de yeso.

Y fue otra casualidad la que lo llevó a descubrir las placas antihumedad. Hoy cuenta con más de 100 franquicias y exporta a Uruguay, Chile y Paraguay, así como también a Estados Unidos y Europa. Pero estuvo a punto de desaparecer a causa de la pasión de Roberto y sus dos hijos por el automovilismo.

 A principios de los años ‘70 Roberto Merlino era un joven de 21 años que tenía una familia que mantener y trabajaba como chofer de la línea 21. Con el tiempo pudo comprar su primer colectivo y luego otro, y luego otro, hasta tener una flota de ocho. Su hijo mayor, Ariel -que hoy es gerente de Placas San Francisco- recuerda el esfuerzo cotidiano de su padre: "Se levantaba a las 5 para hacer su turno y cuando terminaba, si faltaba el chofer que tenía que reemplazarlo, él seguía trabajando. Volvía a las 2 de la mañana. Era una locura total, no tenía vida".

Con el tiempo, las inasistencias de los choferes fueron cada vez más frecuentes, entonces Roberto optó por vender su flota completa. Pero lo que parecía la solución a sus problemas se convirtió en una pesadilla todavía peor. La mega devaluación del peso de 1975 conocida como "el Rodrigazo", redujo todo su capital a migajas, con las que no podía siquiera comprarse un auto. "Perdí el dinero de toda mi vida", recuerda hoy el emprendedor, "no sabía qué hacer porque no tenía un peso".

Desolado, Roberto se encontraba un día en la provincia de Chaco, esperando para hacer un viaje, cuando quiso la casualidad, o el destino, que un hombre mayor notara su pesar y se acercara. "Me dijo: '¿Qué hacés chamigo? ¿qué te pasa que estás triste? Vení que te voy a mostrar algo'", recuerda Roberto, "me llevó hasta la casa y me mostró las placas de yeso que él había importado y me encantaron".

Así fue como empezaron, en 1975, Roberto y su esposa, Angélica Herrera, a crear las primeras matrices, de manera artesanal. En ese entonces sus dos hijos eran pequeños y crecían jugando en la fábrica. "Mientras mi mamá hacía molduras a mano, yo iba con los moldes de juguete y hacía figuras y las pintaba", recuerda Maximiliano, el menor. Al crecer, él y su hermano se incorporaron a la empresa, que solo fabricaba placas para cielorrasos hasta que un día, ambos fueron testigos de un descubrimiento fortuito que iba a revolucionar el mercado de las soluciones contra la humedad.

La familia Merlino dio con un producto innovador y creó un negocio

Una innovación que nace de casualidad

La casualidad, una vez más, jugó un rol crucial en el destino de Roberto, su familia y su empresa. Esta vez, puso ante sus ojos una innovación capaz de poner fin a un problema tan común en miles y miles de hogares: la omnipresente humedad.

Fue así: Placas San Francisco prosperaba, permitiéndole a Roberto adquirir algunos locales para poner en alquiler. Uno de estos tenía problemas de humedad y se encontraba vacío cuando la inmobiliaria le solicitó que lo pusiera en condiciones en forma urgente, porque había un potencial cliente muy interesado. Con prisa, Roberto y sus hijos colocaron las placas para cielorrasos en las paredes. Pasaron los días, ese potencial cliente no se decidió y apareció otro. Una vez más, desde la inmobiliaria pidieron que chequearan que el local estuviera en condiciones. Cuando la familia Merlino se acercó, no pudo creer lo que vio: "Las placas estaban impecables", recuerda Ariel. "Las sacamos y las paredes estaban secas", agrega Maximiliano.

Asombrados, se abocaron a estudiar cómo ese milagro era posible. Querían saber si esa solución se podía aplicar a otros espacios. Trabajaron con ingenieros y descubrieron las ventajas del yeso, sobre todo para las personas que sufren de asma y otros problemas respiratorios. Cuando terminaron de desarrollar su producto, los Merlino salieron a venderlo.

Para su sorpresa, aunque los paneles eran muy buenos, estéticamente no atraían. "Hubo un choque con el gusto de la gente", explica Ariel "el público quería una placa lisa, nosotros no podíamos desarrollarla y los paneles no gustaban".

Con el tiempo, fueron mejorando su producto y ganando cada vez más clientes. La efectividad de las placas antihumedad se comentaba cada vez más y el futuro de Placas San Francisco era promisorio. Sin embargo, algo se interponía entre los Merlino y el crecimiento: su pasión por el automovilismo.

La pasión que corrió el foco y casi funde la empresa

Los hermanos Merlino comenzaron corriendo carreras de karting desde niños. Con el tiempo, Maximiliano empezó a dedicarse cada vez más, subió categorías, fue campeón bonaerense, argentino y panamericano de karting. Con sus logros llamó la atención de Renault y de Elf, que sponsorearon su carrera durante un año, en Francia. Allí, daba sus primeros pasos para correr, en un futuro, si todo salía bien, en la Fórmula 1.

"El automovilismo es una pasión para todo el mundo", reconoce Maximiliano "pero te seca". En aquellos tiempos, había que ampliar la infraestructura de la fábrica, extender los galpones de los depósitos y hacer más hornos, pero no había recursos. "No se podían hacer esas inversiones porque el automovilismo requería de mucho dinero y, si bien trabajábamos mucho en la fábrica, no desarrollábamos nada", explica Maximiliano.

Roberto Merlino fue chofer de colectivos y hoy lidera una empresa exitosa

A fines del año 2000, en una carrera, el menor de los Merlino tuvo un accidente y su auto se destruyó por completo. Desesperados, buscaron la forma de comprar uno nuevo, cuanto antes. La fábrica no podía proveer una suma tan alta, por eso Roberto decidió hipotecar la casa de Mar del Plata. Al poco tiempo, estalló la crisis del 2001, el dólar que pagaban a un peso subió a $3,60 y entonces se encendió la alarma. "Estábamos totalmente locos", reconoce Ariel "esa situación quería decir que algo pasaba. Fue el cachetazo que nos hizo ver que estábamos complicados financieramente, que si no nos dedicábamos a la empresa íbamos a terminar quebrando".

Los Merlino tuvieron una reunión familiar en la que decidieron poner punto final a su participación en el automovilismo. Maximiliano, que tenía un futuro promisorio como piloto, eligió enfocarse en la empresa.

A partir de entonces, desde su rol de encargado de Producción y Desarrollo, se convirtió en el protagonista del proceso de automatización de la fábrica. Sin haber estudiado ingeniería, creó todas las matrices y las maquinarias. "Tiene una expertis impresionante que no termino de entender", reconoce su hermano mayor "es totalmente innato, hace cosas que realmente nos sorprenden".

Ariel, por su parte, aprovechó los contactos que había hecho gracias al automovilismo a lo largo y a lo ancho del país, para ofrecerles sus productos. Las placas antihumedad se convirtieron en un éxito y entonces llegó el momento de decidir qué modelo de negocio adoptaría la empresa.

"Mi padre quería vender microemprendimientos para generar fábricas por todos lados y yo quería vender el producto terminado, listo para instalar", explica Ariel que por ese entonces veía proliferar todo tipo de franquicias. La decisión llevó mucho tiempo y varias reuniones familiares. Finalmente, la balanza se inclinó a favor de su propuesta, gracias a la intervención de su madre, que compartía su visión.

Hoy placas San Francisco cuenta con más de 100 locales. Entre las ventajas de su modelo de franquicia, se destaca la posibilidad de devolver la inversión al franquiciado, 6 meses después de comenzar, si no está conforme con el negocio. Ese modelo los ha llevado a crecer y a exportar, no solo a Latinoamérica, sino también a Estados Unidos y Europa.

Cuando Roberto recuerda su juventud siendo chofer de colectivos, sus momentos de zozobra al perderlo todo y luego ve la empresa que creó junto a su familia, siente mucho más que orgullo. "Aposté a seguir con esto sin desviarme para ningún lado y así conseguimos todo lo que tenemos hoy", afirma, para luego agregar que "cada vez que vengo a la fábrica, me gusta quedarme más que en mi propia casa".

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